Jesús, el mártir del Gólgota

Una canción interpretada por Mercedes Sosa dice: “Sólo le pido a Dios que el dolor no se me sea indiferente... Sólo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente...” No podemos leer la Pasión del Señor sin sentirnos interpelados. No podemos contemplar esta narración como un acontecimiento histórico nada más.

 

Recordemos las palabras del Evangelista: “Tanto amó Dios al mundo que envío a su Hijo” (Juan 3,16) y “Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Y Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando” (Juan 15, 13-15)

 

Dispón el corazón y tu mente para que la lectura reposada y profunda de este texto te cimbre y toque las entrañas de tu ser.

 

La Pasión del Señor en San Lucas 23

 

El Consejo en pleno se levantó y llevaron a Jesús ante Pilato. Allí empezaron con sus acusaciones: Hemos comprobado que este hombre es un agitador. Se opone a que se paguen los impuestos al César y pretende ser el rey enviado por Dios.

 

Entonces Pilato lo interrogó en estos términos: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: Tú eres el que lo dice. Pilato se dirigió a los jefes de los sacerdotes y a la multitud. Les dijo: “Yo no encuentro delito alguno en este hombre”. Pero ellos insistieron: Está enseñando por todo el país de los judíos y sublevando al pueblo. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí. Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era galileo. Cuando supo que Jesús pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió, pues Herodes se hallaba también en Jerusalén por aquellos días.

 

Al ver a Jesús, Herodes se alegró mucho. Hacía tiempo que deseaba verlo por las cosas que oía de él, y esperaba que Jesús hiciera algún milagro en su presencia. Le hizo, pues, un montón de preguntas. Pero Jesús no contestó nada, mientras los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley permanecían frente a él y reiteraban sus acusaciones. Herodes con su guardia lo trató con desprecio; para burlarse de él lo cubrió con un manto espléndido y lo devolvió a Pilato. Y ese mismo día Herodes y Pilato, que eran enemigos, se hicieron amigos.

 

Pilato convocó a los jefes de los sacerdotes, a los jefes de los judíos y al pueblo y les dijo: 'Ustedes han traído ante mí a este hombre acusándolo de sublevar al pueblo. Pero después de interrogarlo en presencia de ustedes no he podido comprobar ninguno de los cargos que le hacen. Y tampoco Herodes, pues me lo devolvió. Es evidente que este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Así que después de castigarlo lo dejaré en libertad. Pero todos ellos se pusieron a gritar: ¡Elimina a éste y devuélvenos a Barrabás! Este Barrabás había sido encarcelado por algunos disturbios y un asesinato en la ciudad.

 

Pilato, que quería librar a Jesús, les dirigió de nuevo la palabra, pero ellos seguían gritando: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Por tercera vez les dijo: 'Pero ¿qué mal ha hecho este hombre? Yo no he encontrado nada que merezca la muerte; por eso, después de azotarlo, lo dejaré en libertad. Pero ellos insistían a grandes voces pidiendo que fuera crucificado, y el griterío iba en aumento. Entonces Pilato pronunció la sentencia que ellos reclamaban. Soltó al que estaba preso por agitador y asesino, pues a éste lo querían, y entregó a Jesús como ellos pedían.

 

Cuando lo llevaban, encontraron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron con la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguía muchísima gente, especialmente mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: 'Hijas de Jerusalén, no lloren por mí. Lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos. Porque llegarán días en que se dirá: Felices las mujeres que no tienen hijos. Felices las que no dieron a luz ni amamantaron. Entonces dirán: ¡Que caigan sobre nosotros los montes, y nos sepulten los cerros! Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué harán con el seco?

 

Junto con Jesús llevaban también a dos malhechores para ejecutarlos. Al llegar al lugar llamado de la Calavera, lo crucificaron allí, y con él a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. (Mientras tanto Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen). Después los soldados se repartieron sus ropas echándolas a suerte. La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido.

 

También los soldados se burlaban de él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Porque había sobre la cruz un letrero que decía: Este es el rey de los judíos. Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: ¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros! Pero el otro lo reprendió diciendo: ¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo. Y añadió: Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino. Jesús le respondió: En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.

 

Hacia el mediodía se ocultó el sol y todo el país quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. En ese momento la cortina del Templo se rasgó por la mitad, y Jesús gritó muy fuerte: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dichas estas palabras, expiró.

 

El capitán, al ver lo que había sucedido, reconoció la mano de Dios y dijo: Realmente este hombre era un justo. Y toda la gente que se había reunido para ver este espectáculo, al ver lo ocurrido, comenzó a irse golpeándose el pecho. Estaban a distancia los conocidos de Jesús, especialmente las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea, y todo esto lo presenciaron ellas.

 

Intervino entonces un hombre bueno y justo llamado José, que era miembro del Consejo Supremo, pero que no había estado de acuerdo con los planes ni actos de los otros. Era de Arimatea, una ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Se presentó, pues, ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo depositó en un sepulcro nuevo cavado en la roca, donde nadie había sido enterrado aún. Era el día de la Preparación de la Pascua y ya estaba para comenzar el día sábado. Las mujeres que habían venido desde Galilea con Jesús no se habían alejado; vieron de cerca el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. Después que volvieron a sus casas, prepararon perfumes y mirra, y el sábado descansaron, según manda la Ley.

 

Palabra del Señor

Gloria a ti, Señor Jesús


Andrés Solá y compañeros mártires

Contexto Social del Martirio

         Las relaciones y el tratamiento dado por el gobierno a la jerarquía de la iglesia católica y al pueblo creyente habían sido de persecución solapada o declarada, según los criterios de cada gobernante, desde 1913. Ahora, diez años más tarde con la llegada de Plutarco Elías Calles a la presidencia, la situación se agudizó.

 

         A partir de 1926 fue una verdadera guerra civil. Las bases católicas se alzaron en armas en contra de un gobierno que aplicaba el rigor de la ley en su contra. Al grito de “Viva Cristo Rey” se enfrentaron a manotazos sangrientos los campesinos y las bases de asociaciones católicas con las tropas federales y el gobierno.

 

         Las manifestaciones hostiles a la religión venían en crecimiento desde antes. En 1920 un individuo que dijo ser empleado de la Secretaría de la Presidencia de la nación, llevó un ramo de flores hasta el altar mayor de la Basílica de Guadalupe. No era una ofrenda. Disimulada entre las flores iba una poderosa bomba de dinamita que al estallar causó enormes destrozos, pero no tocó la imagen de María de Guadalupe. En la celebración del Día del Trabajo, alguien colocó la bandera rojinegra de los anarquistas en la cúpula de la catedral de Ciudad de México, en 1921.

 

         En 1923 fue expulsado del país el delegado papal, por haber bendecido la primera piedra del monumento a Cristo Rey que iba a levantarse en el cerro del Cubilete, ninguna manifestación religiosa podía realizarse fuera de las paredes de los templos. La propagandista radical española Belén de Sárraga recorría el país con su discurso incendiario llamando al desprecio de la religión.

 

         A partir de 1924 las cosas empeoraron, y varios obispos fueron llevados a los tribunales por no respetar la legislación liberticida en las cosas del culto; en algunos Estados los sacerdotes extranjeros fueron expulsados, y a los otros se les exigió que para poder ejercer su ministerio deberían contraer matrimonio. Desde luego los colegios católicos fueron cerrados, y el mismo Papa Pío XII debió enviar a la iglesia mexicana una dolida carta denunciando los maltratos recibidos.

 

         Pero el presidente Plutarco Elías Calles pensaba en algo más contundente: la creación de una Iglesia Católica Mexicana con sus propios obispos e independiente de la de Roma. En febrero de 1925, un grupo de hombres armados tomó posesión del templo de la Soledad y proclamó patriarca de la iglesia católica apostólica mexicana a José Joaquín Pérez Budar. El patriarca era la cabeza de un grupo de ocho curas y diáconos que con el paso del tiempo fue creciendo, pero no pudo sostenerse por muchos años.

 

         Sin embargo, su programa de principios básicos incluía indicaciones que la propia iglesia católica romana aceptaría cuarenta años después en el Concilio Vaticano II: uso del idioma español en las liturgias, gratuidad en la distribución de sacramentos, reconocimiento de la independencia de los llamados poderes temporales en las naciones....

 

         En junio de 1926, el presidente Calles hizo modificar el sentido más estricto algunas normas del código Penal. Así se castigó con pena de cárcel o multas a quien celebrare actos de culto fuera de los templos y se prohibió enseñar religión en las escuelas, emitir votos religiosos, por lo que los “monasterios deberán ser disueltos inmediatamente y suprimidos” Si los miembros dispersos de dichos monasterios volviesen a reunirse secretamente serán multados de uno a dos años de cárcel. Todos los templos pasaban a ser propiedad de la nación, al igual que todas las casas curales, seminarios, residencias episcopales, asilo y colegios.

 

         La respuesta de los obispos no se dejó esperar: el 31 de julio de ese año cesaron todos los cultos católicos en el país, los sagrarios quedaron vacíos, las parroquias quedaban sin atención religiosa y los curas se retiraron a sus domicilios privados. De todos modos, los obispos intentaron abrir diálogo con el presidente para lograr algún acuerdo. Fue imposible. Elías Calles respondió que los obispos habían perdido su categoría de mexicanos y que lo único que les quedaba era obedecer la legislación o levantarse en armas. Esto último fue lo que hicieron las bases católicas del campesinado y de las agrupaciones obreras católicas: tomaron los machetes y las carabinas y se lanzaron a la guerrilla cristera.

 

         En algunos pueblos católicos se tomaron los templos y se abrieron al culto, incluso dando muerte a los soldados federales. Por su parte el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica tomó una actitud indefinida, en contraste con los obispos de allí mismo, que en septiembre de 1926 enviaron una carta de apoyo a la Iglesia perseguida de México.

 

         Los cristeros consultaron a los obispos del país sobre la justificación de la lucha arma como defensa legítima ante los atropellos, y en el periódico del Vaticano apareció la respuesta: la lucha armada se justificaba cuando todos los recursos pacíficos habían fracasado. Entonces el movimiento tomó más fuerza y se organizó con el nombre de La Liga Nacional, coordinando grupos en todo el país.

 

         Las represalias de parte del gobierno fueron brutales: todo sacerdote capturado en actitud sospechosa debía ser fusilado inmediatamente. Los Obispos protestaron en carta pastoral y tras consulta a Roma el 31 de julio de 1926 ordenaron la suspensión de culto en toda la república. De inmediato el arzobispo de México y otros doce obispos fueron expulsados del país. Las bases populares campesinas al verse privadas del culto se alzaron primero en Zacatecas y después en Jalisco al grito de “Viva Cristo Rey”. La lucha cristera se prolongaba y el gobierno se desesperaba al no poder vencer...

La aclamación «¡Viva Cristo Rey!» se convirtió no sólo en el grito de ataque cuando estalló la guerra cristera; era también la última palabra de los mártires al momento de ser fusilados; en suma, era la negación del «¡Viva el Supremo Gobierno!» de los soldados federales. En todos lados se encontraba la leyenda “Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat” (Cristo vence, Cristo reina, Cristo Impera): en los sombreros, en las puertas y en los comunicados.

 

         En 1929 ya se veía que no habría triunfadores y era necesario llegar a un acuerdo entre la jerarquía católica y el gobierno, a espaldas de la guardia nacional cristera. Finalizado el período presidencial de Elías Calles, aunque no su influencia política, se logró un acuerdo y cesó la guerra cristera. El 30 de junio de 1929 volvieron a repicar las campanas en los templos mexicanos.

 

Los Misioneros Claretianos

 

         Como se decía anteriormente, la llegada de Plutarco Elías Calles a la presidencia de la nación, hizo recrudecer la persecución religiosa en el país. Las leyes liberticidas para el desarrollo y vida de la Iglesia, en sus instituciones, servicios pastorales, personas dedicadas al culto, bienes de propiedad eclesial, fueron aplicadas con el máximo rigor.

 

         El período entre 1926 y 1929 fue muy duro. En esos tres años violentos, los historiadores hablan de más de 200 mil muertos. Los misioneros sufrieron persecución. Muchos tuvieron que emigrar hacia otros países. En ese sentido las comunidades fundadas en Estados Unidos de Norteamérica y en naciones de Centroamérica y Antillas fueron un refugio natural. Otros debieron esconderse. Sus casas, templos y bienes fueron confiscados por el gobierno y en algunos casos salvados gracias a familias que aceptaban tener la tuición de ellos a pesar del peligro de ser consideradas colaboradoras del clero.

 

         Algunas comunidades claretianas, como la de Jesús María y San Hipólito, en la capital de la república, se pueden catalogar como verdaderamente martiriales. Misioneros encarcelados, vejados, deportados, escondidos, mantuvieron con fortaleza la llama de la esperanza en días mejores. Pero hubo más. Un misionero claretiano cayó asesinado por los federales y su sangre derramada penetró hasta las raíces del alma congregacional haciéndola llorar: el P. Andrés Solá fue el mártir claretiano en esa hora de prueba y dolor.

 

Los tres elegidos

Relato de Pedro García, cmf

 

         Todo fue por la imprudente decisión de dos óptimas cristianas, ambas viudas jóvenes y... por una cariñosa y admirable providencia de Dios, que quería añadir tres fulgurantes joyas a la ya espléndida corona martirial de la Iglesia de México.

         Arreciaba en 1927 la persecución religiosa de Calles y en la Ciudad de León, Estado de Guanajuato, empezó a correr la alarma: ¡En San Francisco del Rincón han secuestrado y detenido al Padre Rangel! ¡Precisamente al santito Padre José Trinidad Rangel! Era el 22 de abril, viernes de la octava de pascua.

 

         En la casa de las Señoritas Josefina y Jovita Alba vivía refugiado, y desde la cual ejercía con disimulo un abundante apostolado, el P. Andrés Solá, misionero claretiano, que celebró la Misa del domingo 24 en el domicilio de Doña María Luisa Olavarrieta. Ya en su casa de las Alba a las diez de la mañana dispone una Hora Santa para rogar por la liberación del querido compañero. Al final, se le presentan decididas María Encarnación Esquivel y Marí Refugio Martín: ¿le parece bien que vayamos a la comandancia militar a pedir la libertad del Padre Rangel? El P. Solá aprueba su valiente decisión, aunque les impone: Bien y no pierdan tiempo. Pero antes, vayan a visitar el Santísimo y pidan luz y fuerza. En la capilla, encuentran arrodillado y absorto a Don Leonardo Pérez, a cuya oración se unen con fervor.

 

         Animadas con la fuerza de lo Alto, Encarnación y Refugio se presentan ante el General Daniel Sánchez, que se pone furioso, y todo cuanto les tolera es que le traigan algo de comida y ropa al preso, aunque no lo van a poder hacer, porque les exige: ¡Váyanse de aquí cuánto antes” Ustedes son unas beatas que viene a suplicar por el Cura! Y da secretamente la orden a la policía y a los soldados: ¡Un piquete! Sigan a esas dos beatas y registren. Ni Encarnación ni Refugio notaban nada, así es que fueron directamente a asa de las Alba para informar sobre el resultado de su generosa aventura. Detrás de ellas, y antes de que se cerrase la puerta, entraban los esbirros.

 

         El Padre Solá disimula de momento su condición de sacerdote, pero en el minucioso registro de la casa aparece la fotografía en que está dando la Primera Comunión a una niña. ¡Este es el españolito que estábamos buscando!

 

         Don Leonardo seguía absorto en su adoración al Santísimo y le preguntan: Y usted, ¿quién es? Me llamo Leonardo Pérez y soy agente de comercio. Decía la verdad, pero le traicionaba su semblante de santo. ¡Si no puede con esa cara de cura!... Leonardo negó rotundamente semejante condición con palabras valientes: ¡No soy sacerdote, pero sí católico, apostólico y romano! Los asaltantes arrasaron con todo signo religioso y hacían botín de manteles, ornamentos, cáliz, platillos, misal... Y se llevaban el copioso dinero que al Padre Solá habían entregado por sus ministerios y que, por encargo de la Curia Diocesana, debía repartir entre los sacerdotes escondidos.

 

         Dejaban de momento en paz a las Señoritas Alba, aunque esa misma tarde aprisionarían allí a varios de los que frecuentaban la casa para velar al Santísimo, ignorantes de lo que había ocurrido por la mañana. Entre ellos, Leodegario Marín, José S. Romo y Salvador Oñate que fueron conducidos al Seminario convertido en comandancia y cárcel.

Por otro lado, el 11 de abril de 1927, lunes de la semana santa, el padre Rangel estaba ya en San Francisco del Rincón y se hospedó en casa de la señorita María Muñoz, con la cual vivían unas sobrinas. Siguió viviendo su ministerio sacerdotal como en León, asistiendo sobre todo a los enfermos del cercano hospital, pero iba a durar muy poco porque el 22 de abril, viernes de la semana de Pascua, hacia las dos de la tarde, llegaron a la población, procedentes de León, fuerzas federales.

 

Enseguida fueron a la casa de la señorita Muñoz para realizar un registro. Sospechaban que estuvieran allí escondidas armas para los cristeros de Jalisco. Se encontraron con aquel hombre joven, modesto y sencillo, pensaron que se trataba de un sacerdote. Le preguntaron cuál era su profesión. El, cándido como paloma, dijo sin más, que era sacerdote. Inmediatamente fue detenido y llevado al Seminario de León, donde se había establecido la comandancia militar. Aquí el General Daniel Sánchez, comandante militar de León, lo maltrató y se mofó groseramente de él; el sacerdote soportaba todo y callaba, como Cristo ante el Sanedrín. Comenzaba su martirio.

 

El Martirio

 

A las 8 de la noche del domingo siguiente a la Pascua, el 24 de abril de 1927, fue conducido en un camión de la basura a la estación del ferrocarril de la estación de León en espera del tren no. 7 de México a Ciudad Juárez. Subidos a una góndola vagón descubierto con hileras de asientos en la misma dirección del tren, en el que iban unos cincuenta soldados, fueron colocados los seis presos bajo la custodia directa de cinco escoltas, de los cuales hay que decir, en honor suyo, que trataron a los presos con toda corrección.

 

Los seis presos hablaban entre sí, se animaban y, ante lo que pudiera suceder, todos se confesaron con los dos sacerdotes. Tuvieron tiempo para hacerlo, pues el tren tardó unas dos horas hasta llegar a Lagos, 65 kilómetros distante de León. Allí pasaron la noche. Muy de mañana del día 25, el tren salió de Lagos de Moreno rumbo a Encarnación de Díaz, y se esperó hasta las siete de la mañana. Luego avanzó y se detuvo pasado el señalamiento del kilómetro 491, entre las estaciones de Los Salas y Mira, en el paraje del Rancho de San Joaquín, donde había descarrilado el tren hacía dos noches.

 

El General Amarillas dio la orden de parar el tren en ese preciso lugar porque el fusilamiento había de servir para dar un escarmiento. Un oficial con diez soldados, asomándose al vagón en que iban los presos, les manda bajar y los seis obedecen sin réplica alguna. El bueno de Leonardo, aferrado a su condición de laico y no sacerdote, siente extrañeza ante la orden de avanzar. ¿A mí también? Y sintió algo de preocupación, porque oyó decir de los labios del Padre Solá: ¿Qué es esto, hijo? Sólo es cosa de un momento. ¿Y qué mejor que tener dentro de pocos momentos la palma del martirio?... Con el Cielo a la vista, desaparecía todo miedo a las balas.

 

         Los tres elegidos de Dios comienzan el descenso por el camino del barranco, llegados al fondo, delante del charco del chapopote (petróleo medio engomado) y sin darles tiempo para nada, les disparan por la espalda. No han tenido ocasión de cumplir el compromiso contraído en la cárcel y en su conversación del tren: Si nos van a matar, moriremos gritando: ¡Viva Cristo Rey! Leonardo murió en el mismo instante. El Padre Rangel, al recibir los balazos, dio una vuelta poniéndose la mano en la cara. El P. Solá, con las balas en el cuerpo, hace por dos veces el esfuerzo de incorporarse, pero cae después inmóvil en la tierra mezclada con el chapopote sin poder moverse en adelante. Porque el oficial que les ha dado el tiro de gracia muy certero al P. Rangel y a Leonardo, al P. Solá apenas si le hizo una raspadura en el cráneo. Creyéndolo muerto también, el pistolero dio media vuelta sin preocuparse más. Eran las nueve y cinco minutos del 25 de abril de 1927.

 

         Todo se había desarrollado con suma celeridad, solo habían pasado seis o siete minutos. Al conductor del tren se le dio la orden de marchar inmediatamente a Lagos y a San Francisco del Rincón. Ahí dejaron libres a los tres jóvenes Marín, Romo y Oñate.

 

Agonía del Padre Andrés Solá

 

         Como ya mencionamos, Leonardo y el P. Rangel habían fallecido en el acto, pero al P. Solá le quedaban unas tres horas de penosa agonía sufridas, como Cristo en la cruz, con plena lucidez y fortaleza de ánimo, y tendrá todavía fuerzas para hablar dificultosamente con los que llegaron a verle.

 

Testimonio de Petronilo Flores, ferrocarrilero: “No conocí a los mártires en vida, pero oí los disparos pues estaba a unos 300 metros en un punto cercano al Rancho de San Joaquín. Fui al lugar dónde los habían fusilado y encontré a dos muertos, y uno todavía no se moría, y me dice: Oye, tú, ¿qué vas a hacer conmigo? Y le dije: Nada, Señor. Y me dice: ¿Ves a estos dos muertos que están a un lado de mí? Uno es sacerdote de Silao, de la Iglesia del Perdón, y yo soy sacerdote español, de León. Somos y morimos por Jesús y morimos por Dios”.

 

Murieron con paciencia y buena disposición, y lo afirmo sobre todo del Padre Solá que sobrevivió como tres horas durante las cuales repetía con frecuencia estas palabras: “Jesús mío, Jesús mío, por ti muero”

 

Yo lo saqué de en medio del chapopote, porque él ya no podía, primero por las heridas y después por lo pegajoso del chapopote. No lo vi morir, pues me fui para mandarle agua que me pedía porque me dijo que tenía mucha sed.

 

Testimonio de Francisco Reyes, ferrocarrilero: “Al Padre Solá lo hallé en un charco de chapopote al pie de un arbusto; él al verme me pregunto: ¿Qué me vas a hacer? Contesté que yo era un trabajador de la vía y que nada le iba a hacer; permanecí allí un rato, mientras oía que el Padre decía estas palabras: ¡Ay, Jesús mío por ti muero! Y lo repetía muy seguido”

 

El Padre Solá plenamente consciente todavía le había dicho a Reyes por toda presentación: “Me matan porque me entregaron como sacerdote, soy español, uno de mis compañeros es sacerdote y se llama Trinidad Rangel; el otro no es sacerdote y se llama Leonardo. Alzó la vista y me dijo le llevara tantita agua. Yo le dije que no había... después fui a buscar agua y se la llevé, pero lo encontré muerto y tiré el agua. Duraría en buscar el agua como cinco minutos” Ese “tengo sed” sin pretenderlo y espontáneamente, a nosotros nos trae a la memoria le grito del divino Maestro al final de aquellas tres horas del Calvario.

 

Como Jesús en la cruz también, el Padre Solá tuvo un recuerdo especial para el ser más querido. Josefina Leal atestigua haber oído lo que el moribundo dijo a uno de los que se le acercaron compasivo: No se olvide de hacer saber a mi madre, por el medio que pueda, que he muerto; pero dígale también que tiene un hijo mártir. Y para que no faltara otro rasgo con el Mártir del Calvario, el P. Solá, extranjero y muy lejos de su patria, se sintió abandonado de todos, y expresó su dolor con estas palabras dichas a uno de los que se le acercaron: “Yo soy un Padre español, nadie habrá que se interese por mí, de éstos sí habrá; uno es Padre y el otro un particular” Afortunadamente se equivocaba en su juicio, pues los trabajadores y después todas las buenas personas se interesaron por su suerte, su memoria y su veneración, igual que lo hicieran los parientes y amigos del Padre Trinidad y de Leonardo.

 

Al mediodía había muerto también el Padre Solá. Los mismos testigos dicen que después de la comida bajaron con decisión siete de los trabajadores, hicieron tres fosas de medio metro de profundidad y sepultaron devotamente a las víctimas. El día 28 se presentaron varios familiares y amigos, dirigidos por Agustín Rangel, hermano del Padre Trinidad, para informarse bien por los trabajadores del lugar exacto de las sepulturas, en las que iban a estar los cadáveres muy pocos días.

 

En efecto, el domingo 1 de mayo los tres cadáveres fueron desenterrados, colocados cada uno en su caja y llevados por la vía en un armón hasta la estación de Lagos a dónde llegaron a la una de la tarde. Allí los esperaba un gran número de fieles, seguros de la santidad de aquellos héroes de la fe y los acompañó entre vítores, cantos y flores hasta el Panteón Municipal.

 

         En la historia gloriosa de los héroes de la iglesia se les conoce como los “Mártires de San Joaquín” Fueron beatificados, por encargo del Papa Benedicto XVI, el 20 de noviembre de 2005 en Guadalajara, Jalisco, por el Cardenal Claretiano, Don José Saraiva Martins: tres sacerdotes y diez laicos; Andrés Solá Molist, cmf, misionero y sacerdote claretiano español, Ángel Darío Acosta, sacerdote veracruzano y José Trinidad Rangel, sacerdote de Silao. Y los laicos: Anacleto González Flores, Ezequiel Huerta Gutiérrez, Jorge Vargas González, José Luis Sánchez del Río, adolescente, Leonardo Pérez Larios, Luis Magaña Servín, Luis Padilla Gómez, Miguel Gómez Loza, Ramón Vargas González y Salvador Huerta Gutiérrez

 

Nota: La fuente la principal para conocer la vida del Padre Andrés Solá es el libro del Padre Antonio Arranz, titulado: Los Mártires de San Joaquín, República Mexicana (1927). El autor dispuso del escrito del Padre Julián Collell Guix, uno de los testigos y se entrevistó con los papás, hermanos y condiscípulos del Mártir. El mismo P. Arranz había sido uno de ellos.

 

Nota si quieres leer más: Mártires de San Joaquín, https://www.dhial.org/diccionario/index.php?title en Diccionario de Historia Cultural de la Iglesia en América Latina, en Pontificium Consilium de Cultura.


Mártires Claretianos de Barbastro

 

         El martirio de los 51 Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María de Barbastro, España, aconteció durante los días 2, 12, 13, 15 y 18 de agosto de 1936. La Comunidad Claretiana de Barbastro (Huesca, España) estaba formada por 60 misioneros, de los cuales 39 Seminaristas, 12 Hermanos y 9 Sacerdotes.

 

         El lunes 20 de julio de 1936 el Seminario fue asaltado y registrado, sin provecho, en busca de armas. Fueron arrestados todos sus miembros. El Superior, Padre Felipe de Jesús Munárriz, el formador de los seminaristas, Padre Juan Díaz y el administrador, Padre Leoncio Pérez fueron llevados directamente a la cárcel municipal. Los ancianos y los enfermos fueron trasladados al Asilo o al Hospital. Los demás fueron conducidos al Colegio de los Escolapios, en cuyo salón de actos quedaron encerrados hasta el día de su ejecución. Transcribimos completa la carta de uno de los seminaristas.

 

Carta de despedida de Faustino

 

Querida Congregación:

 

Anteayer, día 11, murieron, con la generosidad con que mueren los mártires, 6 de nuestros hermanos; hoy, 13, han alcanzado la palma de la victoria 20, y mañana, 14, esperamos morir los 21 restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y heroicos se están mostrando tus hijos, Congregación querida!

 

Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto; cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantarse y ponerse en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que les ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada; cuando van en el camión hacia el cementerio, les oímos gritar ¡Viva Cristo Rey! El populacho responde ¡Muera! ¡Muera! Pero nada los intimida. ¡Son tus Hijos Congregación Querida, estos que entre pistolas y fusiles se atreven a gritar serenos cuando van a la muerte ¡Viva Cristo Rey!

 

Mañana iremos los restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica y a Ti, Madre común de todos nosotros. Me dicen mis compañeros que yo inicie los vivas y que ellos responderán. Yo gritaré con toda la fuerza de mis pulmones, y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos, pues te llevamos en nuestros recuerdos hasta estas regiones de dolor y muerte. Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule su desarrollo y expansión por todo el mundo.

 

¡Adiós, querida Congregación! Tus hijos, mártires de Barbastro, te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolorosas angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. Los mártires de mañana, 14, recuerdan que mueren en vísperas de la Asunción; ¡y qué recuerdo éste! Morimos por llevar la sotana y morimos precisamente en el mismo día en que nos la impusieron.

 

Los mártires de Barbastro, y en nombre de todos, el último y el más indigno,

 

Faustino Pérez, cmf.

 

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adiós, querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adiós! ¡Adiós!".


El atentado al Padre Claret en Holguín, Cuba

 

El 01 de febrero de 1856 en la ciudad de Holguín en Cuba, el arzobispo Antonio María Claret fue víctima de un fallido atentado en contra de su vida. Aquel día comenzaba la visita pastoral a la zona. Era la cuarta visita pastoral de su tarea episcopal en la Diócesis de Santiago de Cuba, a los cinco años de su llegada.

 

Holguín está situada al noroeste de Santiago. A finales de enero de 1856, el Padre Claret desembarcó en la población de Gibara, procedente de la Ciudad de Puerto Príncipe. En este pueblo, según cuenta el Padre Pedro Llausás, capellán del Padre Claret y secretario de la visita pastoral, ya alguien había intentado atentar contra la vida del arzobispo, pero no lo consiguió. El P. Llausás afirma que fue el mismo que lo logró en Holguín, Antonio Abad Torres (cf. Autobiografía 584), oriundo de Canarias, era conocido como el Isleño y, hallándose en la cárcel, había sido indultado un año antes, a instancias del P. Claret, por ruego de su familia, sin que éste lo conociera siquiera.

 

Aunque el atentado fue perpetrado por una sola persona, las investigaciones determinaron que se trataba de una conspiración para acabar con su vida. Incluso llegó la falsa noticia de la muerte del prelado hasta Santiago de Cuba, propagada por quiénes la esperaban. Holguín fue el culmen de una persecución que comenzó antes, y sucedió así:

Al anochecer fue el santo prelado a la Iglesia de San Isidoro, que es la santa iglesia parroquial. Terminado el Sermón, salió el santo prelado acompañando de su vicario foráneo a la derecha y su capellán a la izquierda. Apenas había andado cincuenta metros, cuando un hombre de baja talla y delgado venía de la acera de la izquierda del capellán y encorvado, en además de besar el anillo del santo prelado, (a continuación, un texto autobiográfico) “pero al instante alargó el brazo armado con una navaja de afeitar y descargó el golpe con toda su fuerza. Pero como yo llevaba la cabeza inclinada y con el pañuelo que tenía en la mano derecha me tapaba la boca, en lugar de cortarme el pescuezo como intentaba, me rajó la cara, o mejilla izquierda, desde frente a la oreja hasta la punta de la barba, y de escape me cogió e hirió el brazo derecho. El asesino fue cogido en el acto y fue llevado a la cárcel. Se le formó causa y el juez dio la sentencia de muerte, no obstante, que yo, en las declaraciones que me había tomado, dije que le perdonaba como cristiano, como sacerdote y como arzobispo” (Autobiografía 575. 583)

 

¿Cuáles fueron los motivos? Sencillamente, recordar, pedir, exhortar... a los cristianos que llevaran una vida coherente con el Evangelio y con la opción de vida cristiana elegida. Esto con especial insistencia a los clérigos de vida irregular; a algunos de los cuales los llegó a sancionar como arzobispo por hacer caso omiso de sus recomendaciones.

 

         Este acontecimiento es un catalizador de la espiritualidad martirial del Padre Claret. Su deseo de entrega hasta la muerte se ve reflejado en la elaboración espiritual que él mismo hizo de este hecho. El gozo que sintió Claret al sufrir este atentado fue el de quien logra lo que andaba buscando desde hacía mucho tiempo, con la satisfacción de conseguirlo en el momento y el modo menos imaginables, aunque su ánimo estuviera bien dispuesto para ello.

 

         Holguín fue la consecuencia de una vida coherente con el seguimiento de Cristo, llena de celo apostólico para que Dios fuese conocido, amado, servido por todas las criaturas. El celo de la casa del Padre devoró a Claret, perseguido por la causa del Hijo (Mateo 5,11) hasta la navaja barbera de Holguín.

 

         A partir de aquí, su sangre derramada, como sello sobre las verdades evangélicas que predicaba, le hizo crecer en fidelidad en medio de persecuciones y calumnias que, como el mismo decía, irían esculpiendo, labrando, cincelando, fraguando... su figura carismática, capaz de alegrarse en los tormentos de cada jornada, por la gloria de Dios y la salvación de todos los hombres.


Mártires Cristeros

 

Estos sacerdotes diocesanos mexicanos canonizados en Roma durante el Gran Jubileo de la Encarnación del Año 2000 (el 21 de mayo), por el Papa Juan Pablo II, son un modelo y ejemplo de caridad y celo pastoral heroicos, principalmente para los sacerdotes mexicanos. Estos son sus nombres y el lugar y fecha de su martirio.

Agustín Caloca, Colotlán, Jal el 25 de mayo de 1927

Atilano Cruz Alvarado, Cuquio, Jal. el 01 de Julio de 1928

Bernabé de J. Méndez Montoya, Valtierrilla, Gto el 5 de febrero de 1928

Cristóbal Magallanes Jara, Colotlán, Jal. el 25 de mayo de 1927

David Galván Bermúdez, Guadalajara, Jal, el 30 de enero de 1915

David Roldán Lara, Chalchihuites, Zac el 15 de agosto de 1926

David Uribe Velasco, Morelia, Mich el 12 de abril de 1927

Jenáro Sánchez Delgadillo, Tecolotlán, Jal el 17 de enero de 192 

José Isabel Flores Varela, Zapotlanejo, Jal el 21 de junio de 1927

José María Robles Hurtado, Quila, Jal el 26 de junio de 1927

José Salvador Lara Puente, Chalchihuites, Zac el 15 de agosto de 1926

Julio Álvarez Mendoza, Guadalajara, Jal el 30 de marzo de 1927

Justino Orona, Cuquío, Jal el 01 de julio de 1928

Luis Batis Sáinz, Chalchihuites, Zac el 15 de agosto de 1926

Manuel Morales Cervantes, Chalchihuites, Zac el 15 de agosto de 1926

Margarito Flores García, Huitzuco, Gro el 12 de noviembre de 1927

Mateo Correa Magallanes, Durango, Dgo. el 6 de febrero de 1927

Miguel de la Mora, Colima, Col. el 7 de agosto de 1927

Pedro de Jesús Maldonado , Chihuahua, Chih. el 11 de febrero de 1937

Pedro Esqueda Ramírez, San Juan de los Lagos, 22 de noviembre de 1927

Rodrigo Aguilar Alemán, Ejutla, Jal. el 28 de octubre de 1927.

Román Adame Rosales, Yahualica, Jal. el 21 de abril de 1927

Sabás Reyes Salazar, Tototlán, Jal. el 13 de abril de 1927

Toribio Romo González, Tequila, Jal. el 25 de febrero de 1928

Tranquilino Ubiarco Robles, Tepatitlán, Jal. el 5 de octubre de 1928

 

Un detalle del Padre José María Robles Hurtado

 

José María fue un sacerdote diocesano que fundó el Instituto de Religiosas Víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús, hoy conocido como: “Hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado” y asesinado el 25 de junio de 1927. Tras su martirio, sus seguidores hallaron entre sus pertenencias un texto que anticipaba su entrega final:

 

“Quiero amar tu corazón Jesús mío, con delirio; quiero amarte con pasión, quiero amarte hasta el Martirio … Con el alma te bendigo mi Sagrado Corazón; Dime: ¿se llega el instante de feliz y eterna unión?

Tiéndeme, Jesús, los brazos, pues tu “pequeñito soy”; de ellos, al seguro amparo, a donde lo ordenes, voy… Al amparo de mi Madre y de su cuenta corriendo yo, su “pequeño” del alma, vuelvo a sus brazos sonriendo.

Un Padre espera a sus hijos, a todos, allá en el Cielo”


Mártires de Siguenza y Fernán Caballero

 

Los catorce jóvenes seminaristas en vísperas de ser ordenados sacerdotes, de entre 20 y 26 años, el Hno Felipe González (47 años) y el P. José María Ruiz Cano (29 años) son llamados los Mártires Claretianos de Siguenza y Fernán Caballero. El P. José María es el único sacerdote, Tomás Cordero era el seminarista de mayor edad y Jesús Aníbal Gómez, colombiano que, a pesar de exponer ante los milicianos su condición de extranjero, fue fusilado sin consideración.

 

El suceso martirial aconteció en Sigüenza (Guadalajara) y Fernán Caballero (Ciudad Real) y fueron recogidos en una misma Causa porque coinciden las mismas ilusiones juveniles llenas de fe y de generosidad, truncadas en ambos lugares con la misma violencia.

 

La atmósfera de violencia contra los moradores del Seminario Claretiano de Zafra comenzó en febrero de 1936. A finales de abril el Padre Provincial ordenó abandonar el seminario e irse a Ciudad Real. La nueva residencia era un caserón desprovisto de todo. Jesús Aníbal, colombiano, escribía a los suyos: "No tenemos huerta, y para el baño nos las arreglamos de cualquier modo... De paseo no hemos salido ni una sola vez desde que llegamos”

 

Se respiraba ambiente de martirio, y pronto se vieron sorprendidos por el asalto a la casa. El P. Superior escribirá más tarde: "Cuatro fueron los días de prisión para las catorce víctimas propiciatorias que fueron sacrificadas el día 28 y seis para los restantes. Decir lo que en estos días tuvimos que sufrir es cosa de todo punto imposible." Las cosas fueron empeorando en aquella cárcel en que se había convertido la propia casa, hasta el punto de que "trajeron mujerzuelas y las veíamos con los bonetes y los ornamentos paseando y asomándose provocativamente a nuestras habitaciones. Todos estábamos preparados para la muerte, que la veíamos muy cerca...

 

Intentando salir de aquel lugar, el P. Superior pudo lograr salvoconductos para ir a Madrid o adonde les conviniera. La primera expedición a Madrid se organizó para el 28 de julio. Se despidieron de los que quedaban. Fueron a la estación de Ciudad Real en varios coches y acompañados por milicianos. Al llegar se armó un gran alboroto y se oyeron voces de: "¡A matarlos que son frailes. No les dejéis subir. Matadlos!" El tren arrancó, pero las amenazas se cumplieron a 20 Km de la capital, en la Estación de Fernán Caballero.

 

Un viajero del mismo tren cuenta así lo que vio: "Ordenaron a los frailes que bajasen, que habían llegado a su sitio. Unos bajaron voluntariamente diciendo: Sea lo que Dios quiera, moriremos por Cristo y por España. Otros se resistían, pero con las culatas de los fusiles les obligaron a bajar. Los milicianos se pusieron junto al tren y los frailes frente a ellos de cara. Algunos de ellos extendieron los brazos, gritando ¡Viva Cristo Rey y Viva España! Unos se tapaban la cara, otros agacharon la cabeza. Empezaron las descargas y los frailes cayeron al suelo… Al incorporarse, algunos con las manos extendidas gritaban ¡Viva Cristo Rey!; volvieron a dispararles y cayeron."

 

Uno de ellos, Cándido Catalán quedó gravemente herido y moriría más tarde: "Presentaba aspecto de una resignación asombrosa, no profería queja alguna…", dijo de él el médico que lo atendió en la Estación. En medio de tanto dolor no faltaron ángeles del consuelo. El Padre Federico Gutiérrez, en su librito Mártires Claretianos de Sigüenza y Fernán Caballero, recoge la confidencia que Carmen Herrera, hija del Jefe de Estación, le hizo: "Yo y la mujer del Factor, Maximiliana Santos, ayudamos a los médicos a curar al herido. Yo puse agua caliente para lavarle las heridas y la mujer del Factor facilitó una sábana para hacer vendas. En la Estación yo le di de beber..."

 

El Hno. Felipe González de Heredia había quedado en la capital, refugiado en casa de su hermano Salvador... descubierto, fue llevado al Seminario hasta el 2 de octubre hasta que lo llevaron en coche hasta Fernán Caballero. El viaje lo realizó sentado entre dos milicianas que con una navaja le amenazaban, añadiendo: "Así te vamos a matar; con estos perros no hay que gastar pólvora". Al parar el coche en la puerta del cementerio, el Hno. Felipe se subió en el escalón de la puerta, se puso en cruz y gritó ¡Viva Cristo Rey y el Corazón de María! Una descarga de fusil acalló su voz. Un testigo dijo después: Yo noté que el Hermano iba muy sereno en el coche y el grito de ¡Viva Cristo Rey y el Corazón de María! lo dijo con energía.

 

El Papa Benedicto XVI firmó el Decreto reconociendo su martirio y con el favor de Dios, su beatificación se llevó a cabo el 13 de octubre de 2013.

 


Santidad y Martirio

 

P. Enrique Marroquín, cmf

 

En todas las religiones hay tipos de personas ejemplares -el “sabio” griego, el consciente e inalterable budista, el meditativo tibetano, el inconmovible estoico, etc, que brindan a su cultura modelos y valores para ser imitados. El santo es el “separa-do”, consagrado a la divinidad, que se mantiene alejado de los intereses de la vida “profana”

 

En el cristianismo, el “santo” no es tanto aquel que busca la perfección humana, por la observancia de las virtudes, cuanto aquel que se configura mejor con Cristo, es decir, quien profesa el amor al prójimo y las bienaventuranzas con todas sus consecuencias.

 

La vida de santidad es fruto de una vida ascética y del esfuerzo de la persona y, sobre todo, es un Don de la gracia divina, que lleva a la persona por inspiración del Espíritu. La santidad, además de elevar a la persona en su identidad con Dios, es un don con que el Espíritu enriquece a la Iglesia. Es Cristo que vive en los creyentes y los nutre, como los sarmientos unidos a la cepa.

 

La “comunión de los santos” es esa unidad entre todos los cristianos desde la Fe, en Cristo, su cabeza. Todos participamos de la misma vida divina. En este sentido, los santos son “intercesores”: no entendido como un Dios lejano, al que sólo se llega por intermediarios, cuanto que la santidad de todos, unidos a la de Jesús y a la de María, constituyen un acervo que Dios acoge con benevolencia.

 

Además, la vida en Cristo va transformando a la persona, de acuerdo a los valores del Evangelio. De esta forma, los santos son también “ejemplo” y modelo para nosotros. Si ser santo es imitar a Jesucristo, Él es una persona tan perfecta que resulta imposible imitarla en todos sus aspectos, de ahí que haya diversas modalidades de santidad (vírgenes, pastores, evangelistas, doctores, mártires, fundadores). Entre todos ellos se refleja el complejo misterio de Cristo.

 

Entre todos los santos, hay algunos que son “canonizados”: la Iglesia se pronuncia oficialmente, haciéndose garante de que su vida estuvo apegada al Evangelio, y por eso se proponen como ejemplo. Se implora la intervención divina en este delicado discernimiento, manifestada en milagros, y se comprueba que en su vida tuvo reconocimiento de varias personas, que lo veneraban y tenían por tal.

 

El Magisterio Papal se compromete en cada “canonización” propiamente dicha (no así en las beatificaciones), y la Iglesia fija una fecha para celebrar litúrgicamente a cada santo. Sin embargo, la canonización es producto de una investigación histórica larga y compleja, sobre sus virtudes, su doctrina, etc., que sólo se lleva a cabo cuando hay algún grupo solvente que lo apoya. Va alcanzando reconocimiento gradual (“venerable”, “beato”, “santo”). Hay muchos otros santos que no están canonizados, que no se conocen.

 

Los Santos Mártires

 

La vida de santidad compromete a la persona “hasta la muerte”. La muerte da un sentido de totalidad a la vida. La sella. Tal y como sea la vida, así será la muerte. Una vida totalmente entregada a Cristo implica una muerte de encuentro amoroso con Él, como quiera que sea el desenlace. Muchas veces, vivimos la fe; pero no de una forma total y definitiva: a veces coqueteamos con incitaciones mundanas y nos dejamos llevar por los defectos.

 

Santo es aquel que entregó plena y totalmente su vida, en caridad, en esperanza y en fe. La fe cristiana tiene implicaciones sociales, pues construir el Reino de Dios no se da sin violencia. A veces, gobiernos totalitarios o grupos de poder se sienten incomodados con aquellos cuya vida de testimonio cuestiona situaciones de injusticia y los persiguen. A algunos llegan a matar.

 

Obviamente, las situaciones sociales suelen ser complejas, y a veces estas motivaciones van unidas a cuestiones políticas, en las que la Iglesia es también actor social. Hay algunos mártires que fueron asesinados por las implicaciones sociales de su fe: por defender, sin violencia, los derechos humanos de sus hermanos perseguidos (Mons. Oscar Romero) En otras ocasiones, los nativos matan al misionero porque lo ven parte del grupo invasor, y tal vez para hacerse del poder religioso que representa (guaraníes que matan al misionero) En estos casos, hay que atender a la santidad subjetiva del mártir. Derramar la sangre por la propia fe es signo de considerarla como más valiosa que la propia existencia. Es un heroísmo. El martirio es un don. No es lícito buscarlo, pues entonces se desfigura: uno tiene que defender la propia vida; pero sin claudicar ni apostatar.

 

Lo importante es entregar la vida; aunque sea “de a poquito”, día con día, en el testimonio cotidiano de amor. Ser capaz de no avergonzarse de su fe, ni claudicar en sus principios. Profesar la propia fe es un derecho humano que debe ser siempre reconocido y defendido.

 


Homilía de Beatificación

 

p>SANTA MISA DE BEATIFICACIÓN DE 13 MÁRTIRES MEXICANOS

 

Homilía del Cardenal José Saraiva Martins

 

Estadio Jalisco de Guadalajara

Domingo 20 de noviembre de 2005

Solemnidad de Cristo Rey

 

  1. Saludo, especialmente, a los eminentísimos señores cardenales, a los excelentísimos señores obispos, a las respetables autoridades, a los sacerdotes y fieles que son de las diócesis en donde estos mártires nacieron o derramaron su sangre. Además, dirijo mi saludo también a los familiares de estos nuevos beatos, y me uno a su acción de gracias.

 

"El Señor es mi pastor, nada me faltará" (Sal 22, 1). La Iglesia en este día proclama a Jesucristo como Rey del Universo. La imagen de rey-pastor que recoge el profeta Ezequiel, se identifica plenamente con Jesucristo, el buen Pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11), quién consumada su misión, entregará el Reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Cor 15, 24-28). Él es el Pastor y Rey de la humanidad que conduce a su rebaño hacia fuentes tranquilas, mostrando especial solicitud por aquellas ovejas heridas y extraviadas.

 

Además, Cristo es Rey, pues Él es el "primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas... Él es el principio... pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud y reconciliar por Él y para Él todas las cosas" (Col 1, 15.17-20), tal como lo afirma el apóstol San Pablo.

 

  1. Esta Solemnidad de Cristo Rey tiene un significado muy especial para el pueblo mexicano. El Papa Pío XI, al finalizar el Año santo de 1925, proclamó esta fiesta para la Iglesia Universal. Pocos meses después, iniciaría en estas tierras la persecución contra la fe católica, y bajo el grito de ¡Viva Cristo Rey! morirían muchos hijos de la Iglesia, reconocidos como mártires, de los cuales 13 hoy han sido beatificados.

 

Los mártires son los testigos privilegiados de la realeza de Cristo. En ellos había una conciencia clara de que el reinado de amor de Cristo debía ser instaurado, aun a costa de su propia vida. Igualmente, la fe de los mártires es una fe probada, como atestigua la sangre que por ella han derramado (San Agustín, Sermón 329). Ellos, junto con todos los santos, son los benditos que han de tomar posesión del Reino preparado para ellos, desde la creación del mundo (cf. Mt 25, 34), como escuchamos en el Evangelio apenas proclamado.

  1. Además, esta fiesta adquiere en este día un significado particular. Hoy la Iglesia de México contempla, con singular alegría, la fe y la fortaleza de estos 13 varones, quienes en el reconocimiento del reinado de Cristo ofrecieron sus vidas de una manera heroica entre los años de 1927 y 1928. En situaciones adversas y en diferentes Iglesias particulares, estos hijos fieles de la Iglesia dieron un testimonio loable de los compromisos adquiridos el día de su bautismo, logrando ser capaces de derramar su sangre por amor a Cristo y a su Iglesia, que era injustamente perseguida.

 

De entre estos trece nuevos beatos, es significativo que diez fueron laicos, originarios de los estados de Jalisco, Michoacán y Guanajuato. La mayor parte de estos laicos eran casados y formaron familias cristianas; los demás, si bien no fueron casados, eran miembros de familias cristianas piadosas y de recias costumbres.

 

Asimismo, este nuevo grupo de mártires cuenta con tres sacerdotes, que murieron por desempeñar heroicamente su ministerio sacerdotal y misional, como fue el caso del misionero claretiano español, Andrés Solá Molist, c.m.f., quien murió, después de una larga y penosa agonía, junto con el padre José Trinidad Rangel y el laico Leonardo Pérez Larios, en las tierras del Estado de Guanajuato. De igual manera y en circunstancias similares, el sacerdote veracruzano, Ángel Darío Acosta, quien no escatimó sus mejores esfuerzos para ejercer su ministerio sacerdotal en un clima adverso y de persecución, y recibió el martirio. A ejemplo de Jesucristo, el Buen Pastor, estos sacerdotes, junto con los 22 sacerdotes mexicanos diocesanos canonizados en Roma durante el Gran Jubileo de la Encarnación del Año 2000, por el Papa Juan Pablo II, son un modelo y ejemplo de caridad y celo pastoral heroicos, principalmente para todos los sacerdotes mexicanos.

 

  1. La lista de estos beatos está encabezada por Anacleto González Flores, quien derramó su sangre junto con los hermanos Jorge y Ramón Vargas González, al igual con Luis Padilla Gómez, en esta ciudad. Bajo el grito: "Yo muero, pero Dios no muere". ¡Viva Cristo Rey!". Anacleto González Flores entregaba su vida al Creador después de una vida de intensa piedad y de un fecundo y audaz apostolado.

 

Durante su vida, después de recibir una sólida formación humana y cristiana, se dedicó a luchar por los derechos de los más desprotegidos. Conocedor fiel de la Doctrina Social de la Iglesia buscó, a la luz del Evangelio, defender los derechos elementales de los cristianos, en una época de persecución. Dentro de los derechos que más defendió Anacleto González y sus compañeros mártires, se encontraba el de la libertad religiosa; derecho que se desprende de la misma dignidad humana.

 

Como señala el Concilio Vaticano II, "esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos" (Dignitatis humanae, 2).

 

Movidos por un profundo amor a Jesucristo y al prójimo, estos nuevos beatos defendieron pacíficamente este derecho, aun con su propia sangre. Ellos, lejos de avivar los enfrentamientos sangrientos, buscaron la vía pacífica y conciliadora que les reconociera este y otros derechos fundamentales, que habían sido negados a los católicos mexicanos. Por el contrario, Anacleto González y compañeros mártires, buscaron ser, en la medida de sus posibilidades, agentes de perdón y factores de unidad en una época en que el pueblo se encontraba dividido.

 

  1. Convencidos de que "la vida es Cristo, y la muerte una ganancia" (Flp 1, 21) nuestros mártires alimentaron ese deseo por la frecuente participación y adoración de la Sagrada Eucaristía. Efectivamente, la profunda devoción eucarística es uno de los rasgos comunes de estos 13 mártires.

 

Todos ellos, sacerdotes y laicos, mostraron un singular amor a Jesucristo en la Eucaristía. Es de especial mención que tres de los nuevos beatos, los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez, al igual que Luis Magaña Servín, fueron miembros de la Asociación Nocturna del Santísimo Sacramento; Asociación de larga tradición en el pueblo mexicano. De la oración frecuente y ferviente delante del Santísimo Sacramento, estos hermanos nuestros obtuvieron la fortaleza sobrenatural de soportar cristianamente el martirio, llegando, incluso, a perdonar a sus mismos verdugos.

 

La intensa vida eucarística de estos beatos debe ser para nosotros un ejemplo y aliento para acrecentar, cada vez más nuestra propia vida eucarística. A pocos días de haber concluido el Año de la Eucaristía, y a un año de la gozosa celebración del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional, llevado a cabo en esta querida ciudad de Guadalajara, pedimos la intercesión de estos fieles hijos de la Iglesia para que nos ayuden a acrecentar el respeto, la activa participación y la digna recepción de Jesucristo presente en la Eucaristía. A ellos les pedimos, además, la gracia de ser humildes adoradores del Santísimo Sacramento, tal ellos lo fueron. Que el ejemplo de su vida de entrega hasta el martirio, sea para nosotros un modelo privilegiado de auténtica espiritualidad y de profunda vida eucarística.

 

  1. Por su valentía y corta edad, merece una especial mención el adolescente José Sánchez del Río, originario de Sahuayo, Michoacán, quién a la edad de 14 años, supo dar un testimonio valeroso de Jesucristo. Fue un ejemplar hijo de familia, que se distinguió por su obediencia, piedad y espíritu de servicio. Desde los comienzos de la persecución en él se despertó el deseo de ser mártir de Cristo.

 

Era tal su convicción de querer derramar su sangre por Cristo, que admiraba a quienes lo conocían. Pudo recibir la palma del martirio, después de ser torturado y de dirigir a sus padres estas últimas palabras: "nos veremos en el cielo. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!"

 

El joven beato José Sánchez del Río nos debe animar a todos, principalmente a ustedes jóvenes, para ser capaces de dar testimonio de Cristo en nuestra vida diaria. Queridos jóvenes, probablemente Cristo no les pida el derramamiento de su sangre, pero sí les pide, desde ahora, dar testimonio de la verdad en sus vidas (cf. Jn 18, 37); en medio de un ambiente de indiferencia a los valores trascendentales y de un materialismo y hedonismo que busca sofocar las conciencias. Cristo espera, además, su apertura para poder recibir y acoger un proyecto vocacional por Él preparado. Sólo Él tiene, para cada uno de ustedes, las respuestas a los interrogantes de sus vidas; y los invita a seguirlo en la vida matrimonial, sacerdotal o religiosa.

 

  1. "Vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo" (Mt 25, 34). Nuestros mártires deben ser también para nosotros un modelo de amor incondicional a Dios y al prójimo. El ejemplo de su vida e intercesión deben ayudarnos a vivir generosamente nuestra vida, de cara a los demás, recordándonos siempre de las palabras de Jesús: "Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron" (Mt 25, 50).

 

La caridad que estamos llamados a vivir, el mandamiento nuevo (Jn 13, 34), supera todo límite impuesto por una lógica humana y egoísta. Se trata de una caridad que se traduce en unidad, respeto, servicio, ayuda eficaz y efectiva al necesitado; de una caridad vivida, muchas veces, de manera heroica, dentro de la misma familia y fuera de ella; de una caridad que, a ejemplo de Cristo y de sus mártires, está siempre dispuesta a perdonar.

 

Asimismo, nuestros nuevos beatos también merecen el reconocimiento de haber sido hijos fidelísimos de la Iglesia Católica y de la persona del Romano Pontífice. Les pedimos, también para nosotros, una fidelidad heroica a la Iglesia y a la persona y enseñanzas del Romano Pontífice, pues ellos son para nosotros una legítima expresión de la frase que tanto gustaba repetir al Papa Juan Pablo II: "¡México, siempre fiel!"

 

"Todos los tiempos son de martirio" Advierte San Agustín de Hipona (Sermón 6) Así pues, "todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución" (2 Tim 3, 12). Queridos hermanos: vivir plenamente nuestra entrega fiel y de todos los días a Cristo, y por amor Él a todos los hombres, implica muchos sacrificios y renuncias. No obstante, Cristo estará siempre dispuesto a darnos la fortaleza necesaria para poder servirlo y amarlo en nuestros hermanos, principalmente en los más desvalidos y necesitados de nuestro amor, comprensión y perdón.

 

  1. Finalmente, estos 13 hijos fieles de la Iglesia, tenían otro rasgo en común. Además de su intensa vida eucarística, se distinguieron por su filial devoción a la Madre de Dios, en su advocación de Santa María de Guadalupe. La mayoría de ellos, como los otros santos mártires mexicanos ya canonizados, murieron con su nombre en los labios. A ella le pedimos su maternal protección, muy especialmente por todo el pueblo mexicano, al igual que por todo el continente, para que el entusiasmo se conserve y acreciente. Junto con ella, la Madre de la Nueva Evangelización, damos gracias al Padre por estos nuevos beatos. De la misma manera, demos gracias por la Iglesia de México, que no deja de dar frutos de santidad. Que Cristo Rey, el buen Pastor, reine en cada uno y en todos nuestros corazones. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! Amén.

 


Policarpo de Esmirna, Obispo - Mártir
Un Anciano Perseverante

 

Alejandro Quezada, cmf

 

 

La habilidad extraordinaria.

 

         Creo que la mayoría de nosotros hemos oído mencionar el nombre de Ana Gabriela Guevara y, los últimos años quizá más del lado político que del deportivo. Sin embargo, Ana, antes de explorar el campo político, fue una excelente atleta que participó en competencias desde los Juegos Panamericanos hasta las Olimpiadas. Uno de sus grandes logros, entre muchos, fue participar en 28 carreras internacionales y haberlas ganado consecutivamente. Gracias a su tenacidad, constancia y disciplina rompió récord en el mundo del atletismo y uno de los cuáles, desde el 2003 no ha sido superado, corrió 300 metros en 35.30 segundos un acontecimiento realmente admirable.

 

Y cómo dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, podemos decir que junto a una excelente atleta hay un gran entrenador. El Señor Raúl Barreda fue el único entrenador de la corredora sonorense durante toda su trayectoria deportiva. El entrenador es un “elemento” importante pero no lo es todo; Ana tiene una “habilidad extraordinaria”, quizá innata, tiene un “don” que fue cultivando y explotando con el paso de los años y con la sabia conducción de su entrenador cubano. El triunfo de Ana es un “triunfo” de equipo, no es un producto del azar o de las circunstancias. Ella no se hizo corredora profesional de la noche a la mañana; sus logros fueron fruto de la perseverancia. Fueron horas intensas de entrenamiento, de disciplina, de esfuerzo y de sacrificio para convertirse en una atleta de “alto rendimiento”. Los triunfos conseguidos constituyeron un “premio” a su sacrificio, a su tenacidad. ¿Estás de acuerdo conmigo?

 

Los Atletas de Cristo.

 

La “Historia Lausiaca” (una obra literaria cristiana del siglo V que habla del origen, de la difusión, del crecimiento y del florecimiento del movimiento monacal en Egipto) dice que los “monjes” son “atletas de Cristo”, “varones notables”, “atletas insignes”, “colosos de la santidad” y “atletas invencibles”. Los monjes o “ascetas” son personas que:

1) gracias a su ejercicio constante y a sus penitencias extremas, renunciaron al mundo (elemento esencial de la vida monástica),

2) se entregaron al trabajo (regla básica del ascetismo monástico),

3) con la finalidad de conseguir la “pacificación” del hombre interior,

4) para convertirse en “atletas de Cristo”.

 

Policarpo de Esmirna, un “atleta de Cristo”.

 

Una de las grandes figuras de la Iglesia Católica, previa al nacimiento del monaquismo, fue San Policarpo de Esmirna, en Turquía, que tuvo el inmenso honor de ser discípulo del apóstol San Juan Evangelista.

 

Los fieles cristianos que estaban cerca de él le profesaron una gran admiración por su calidad humana, por su entereza cristiana, por la sabia “conducción” que hacía de la Comunidad Cristiana que presidía en Esmirna y después por la entrega de su vida en el “martirio”. Los cristianos de Esmirna escribieron una bellísima carta poco después de su martirio y en ella relatan datos interesantes, por ejemplo:

 

"Cuando estalló la persecución, Policarpo no se presentó voluntariamente a las autoridades para que lo mataran, porque él tenía temor de que su voluntad no fuera lo suficientemente fuerte para ser capaz de enfrentarse al martirio, y porque sus fuerzas no eran ya tan grandes pues era muy anciano. El se escondió, pero un esclavo fue y contó dónde estaba escondido y el gobierno envió un piquete de soldados a llevarlo preso. Era de noche cuando llegaron. El se levantó de la cama y exclamó: "Hágase la santa voluntad de Dios". Luego mandó que les dieran una buena cena a los que lo iban a llevar preso y les pidió que le permitieran rezar un rato. Pasó bastantes minutos rezando y varios de los soldados, al verlo tan piadoso y tan santo, se arrepintieron de haber ido a llevarlo preso”

 

Entre sus discípulos se cuenta a San Ireneo, otro hombre extraordinario, o mejor dicho, otro “atleta de Cristo” que dijo a un hereje: "Esto no era lo que enseñaba nuestro venerable maestro San Policarpo. Ah, yo te puedo mostrar el sitio en el que este gran santo acostumbraba sentarse a predicar. Todavía recuerdo la venerabilidad de su comportamiento, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y las santísimas enseñanzas con que nos instruía. Todavía me parece estarle oyendo contar que él había conversado con San Juan y con muchos otros que habían conocido a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Y yo te puedo jurar que si San Policarpo oyera las herejías que ahora están diciendo algunos, se taparía los oídos y repetiría aquella frase que acostumbraba decir: Dios mío, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes horrores? Y se habría alejado inmediatamente de los que afirman tales cosas"

 

El Martirio de San Policarpo.

 

Policarpo fue apresado y conducido al estadio para ser juzgado. El gobernador le dijo: "Declare que el César es el Señor". Policarpo respondió: "Yo sólo reconozco como mi Señor a Jesucristo, el Hijo de Dios". Añadió el gobernador: ¿Y qué pierde con echar un poco de incienso ante el altar del César? Renuncie a su Cristo y salvará su vida. A lo cual San Policarpo dio una respuesta admirable. Dijo así: "Ochenta y seis años llevo sirviendo a Jesucristo y Él nunca me ha fallado en nada. ¿Cómo le voy yo a fallar a El ahora? Yo seré siempre amigo de Cristo". El gobernador le grita: "Si no adora al César y sigue adorando a Cristo lo condenaré a las llamas" Y el santo responde: "Me amenazas con fuego que dura unos momentos y después se apaga. Yo lo que quiero es no tener que ir nunca al fuego eterno que nunca se apaga"

 

Policarpo, antes de ser martirizado con leña, oró así en alta voz: "Señor Dios, Todopoderoso, Padre de Nuestro Señor Jesucristo: yo te bendigo porque me has permitido llegar a esta situación y me concedes la gracia de formar parte del grupo de tus mártires, y me das el gran honor de poder participar del cáliz de amargura que tu propio Hijo Jesús tuvo que tomar antes de llegar a su resurrección gloriosa. Concédeme la gracia de ser admitido entre el grupo de los que sacrifican su vida por Ti y haz que este sacrificio te sea totalmente agradable. Yo te alabo y te bendigo Padre Celestial por tu santísimo Hijo Jesucristo a quien sea dada la gloria junto al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos"

 

Continúa la carta de los testigos que presenciaron su martirio: "Tan pronto terminó Policarpo de rezar su oración, prendieron fuego a la leña, y entonces su-cedió un milagro ante nuestros ojos y a la vista de todos los que estábamos allí presentes las llamas, haciendo una gran circunferencia, rodearon al cuerpo del mártir, y el cuerpo de Policarpo ya no parecía un cuerpo humano quemado sino un hermoso pan tostado, o un pedazo de oro sacado de un horno ardiente. Y todos los alrededores se llenaron de un agradabilísimo olor como de un fino incienso. Los verdugos recibieron la orden de atravesar el corazón del mártir con un lanzazo, y en ese momento vimos salir volando desde allí hacia lo alto una blanquísima paloma, y al brotar la sangre del corazón del santo, en seguida la hoguera se apagó"

 

El Secreto de Policarpo: la perseverancia.

 

Cuando Policarpo es interrogado e invitado a “adorar” al César, contesta con firme serenidad: "Ochenta y seis años llevo sirviendo a Jesucristo y Él nunca me ha fallado en nada. ¿Cómo le voy yo a fallar a El ahora? Yo seré siempre amigo de Cristo"

Después de un “intenso entrenamiento” de 86 años, Policarpo es sometido a la dura prueba y resiste con una admirable firmeza confiando en el Señor. En el momento crucial de su vida se pone de relieve el crecimiento “espiritual”, y la “fuerza” de la convicción de Policarpo que le asegura la victoria contra el “enemigo” y “recordando” a su amigo y lo manifiesta con seguridad: Yo seré siempre amigo de Cristo” a pesar del dolor y de la muerte.

 

Conclusión.

 

Hemos visto los triunfos de Ana Guevara en el atletismo gracias a su dedicación y entrenamiento y hemos recordado la victoria de Policarpo de Esmirna en el estadio gracias a su “amor fiel” a Jesús de Nazareth.

 


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