Vocación martirial
La Iglesia antigua, desde sus primeros años, experimentó la incomprensión, la persecución, el “fracaso”, el dolor y la muerte. Su historia está llena de testigos, hombres y mujeres, que ofrendaron su vida por amor a Dios. La Historia “Roja” de la Iglesia (“martirologio”) comienza con Jesús de Nazaret, el “Mártir del Gólgota”. El martirio es un don de Dios, una vocación.
Gradualmente la Buena Nueva se fue extiendo y creciendo como semilla en el silencio, en la oscuridad de las catacumbas y en el dolor de la entrega. El trigo de Dios era molido por los dientes de las fieras para ser convertido en Pan de Cristo, como dijo San Ignacio, Obispo de Antioquia, antes de su propio sacrificio.
En el México del siglo XX se vivió la experiencia dolorosa de la “la Guerra Cristera” en la cual muchos católicos, abanderados con el estandarte de la Virgen de Guadalupe y gritando “Viva Cristo Rey” entregaron su vida, entre ellos, los Mártires de San Joaquín: el Padre Andrés Solá, misionero claretiano español, el Padre José Trinidad Rangel y el laico Leonardo Pérez, fusilados el 25 de abril de 1927.
Don Pedro Casaldáliga (qdep), misionero claretiano como el P. Andrés Solá, dijo que "una Iglesia que se olvida de sus mártires, no tiene derecho a sobrevivir" subrayando la importancia de la memoria de los Mártires, y precisamente por eso, inauguramos este espacio al inicio del “Año Jubilar” sabiendo que la memoria viva, refresca el corazón y mueve al testimonio.
Misioneros Claretianos





